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En lo conocido

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Para llegar hasta tu casa prefería irme en taxi. Lo tomaba en José Miguel de la Barra con Monjitas, y le pedía al conductor que bajara por Santa Lucía hasta Diagonal Paraguay, para luego tomar Rancagua y subir a Providencia por Seminario. 

La idea era llegar a Manuel Montt con Valenzuela Castillo, muy cerca de “Laura R” en máximo 18 minutos. Sino, mi corazón amenazaba con salirse por mi boca. 

Otras veces me llevaste tú. Me pasabas a buscar al departamento y subíamos por Rancagua. Y de ahí yo me pierdo, porque en Providencia las calles cambian de nombre. No, mentira. Simplemente no me fijaba porque iba pendiente de tí, de cómo modulabas al hablar, de cómo maniobrabas el auto, de si me mirarías en algún momento, moviendo esas pestañas maravillosas. Entonces me olvidaba del trayecto, absorta en mi observación y en mis pensamientos. 

Una vez me fui en metro. Yo creo que se me notaba mucho la ansiedad porque las personas me miraban harto. También puede ser porque ando muy poco en metro y siempre que lo hago, me urjo. 

Me subí en Bellas Artes hacia Baquedano, y no me costó nada meterme en el vagón hacia Los Domínicos, pero una señora igualmente me empujó con toda su humanidad. 

Salí por Providencia hacia la esquina del Dominó, como me dijiste. Y te esperé. Mientras, calmaba por teléfono a una amiga a la que le había hackeado su sitio web. 

Pasaron 13 autos del mismo color y forma similar al tuyo. Y apareciste. No te acercaste a la vereda y tuve que correr, y en mi turbación me subí por el asiento de atrás. 

Ahora ya no tengo razón para ir a esos barrios. Ni para andar apurada en la mañana y salir una hora antes del trabajo, o para conseguir un taxi en esa esquina satánica de Bellas Artes. Decidiste que estabas mejor donde estás. En lo conocido. 

Por una Digna.

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